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Lucubraciones de María Antonietta

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(De la serie: "Cuentos de Martín Gil" ) Era una mañana de verano y el armonioso canto de las aves tempraneras contrastaba con los inquietos vuelos de numerosas mariposas blancas que dejaban sus semillas en las plantas de coles de la huerta de doña María Teresa; su traviesa hija María Antonietta, una esbelta joven de apenas 16 años, abre sus ojos y estira sus brazos con la misma desidia del día anterior,-no hay clases, pero un sueñito de mas no estaría mal del todo-, piensa. Su madre, doña Teresa le grita desde la cocina, -levántate hija, ven por tu desayuno y ya sabes tus funciones esta mañana. La joven se sienta sobre su cama y piensa: -¿En qué iba anoche con lo del plan?...-No, pues apliquemos la teoría del color que me enseñó el señor Orlando en la clase de pintura, el verde de los arboles del campo hace buen juego con la ropa naranja o roja, elegiré esta vez el vestido naranja que es bien visible, así ese malo me verá con facilidad y caerá en mi trampa- murmuró con cierto aire de malicia y picardía. Procedió a darse un baño frío, pues no había mucho tiempo para calentar agua y con mucha prisa, tomó parte de su desayuno y lo empacó con otras cosas en un solo paquete. Era una mañana vaporosa, alegre y soleada que invitaba a cantar libremente y en voz alta. En cierto modo, lo planeado es llamar la atención de quien se supone se cruzaría esa mañana en su camino. Terminó de vestirse, se colocó sus medias blancas y su faldita de prenses, que aunque estaba un poco alta, aún se le veía bien. Para no tardarse más, ató su cabello ágilmente con la primera cinta que se encontró y se dirigió a su destino. En el camino, tomo unas piedritas del arroyo y luego de unos pasos las fue arrojando sobre el techo de la primera cabaña que se encontró, realmente era la casa de un hombre un poco mayor que ella, quien la hacía suspirar día y noche; una a una las fue lanzando sobre diferentes partes del techo, como si quisiera anunciar su paso por el lugar. María continúo su largo camino hasta el medio día, comiendo, moras, mortiños, guayabas y unas cuantas naranjas de las fincas aledañas. Parecía una loca, con sus enormes carcajadas, huía pasando las alambradas tras el ladrido de los perros guardianes que ya la conocían, quienes con sus aullidos quisieran decir: –Algún día te morderé. Por fin, después de mucho andar se paró en la bifurcación del camino y pensó- ¿qué pasaría si verdaderamente estuviera perdida?, recordó las palabras de su profesor de física cuántica: “cuando me encuentro con una bifurcación, me voy por ambos caminos”, esto era similar al problema de la trayectoria de un electrón al pasar por dos rendijas. Qué lío, simplemente tomó el camino de la derecha, el de la Alameda de las acacias y pudo ver entre los árboles la sombra de su víctima, continuó cantando pero ya su voz salía con un extraño vibrato, su corazón latía con más intensidad mientras pensaba -¡Ya verás cómo te hago capturar por la policía…!- a la vez que maquinaba su próximo paso. Agilizando un poco su marcha, logró pasar el viejo molino desde donde se divisaba la ciudad y por fin llegó a una gran finca con una casona en el centro, logró atravesar por un lado el portón sin abrir la verja, era una verdadera experta en vencer obstáculos y poder entrar a donde ella quería; tomó de su bolso amarillo el paquete que tenía que entregar y lo lanzó por una de las ventanas que dan al comedor, éste cayó con gran precisión sobre la amplia mesa, -¡Ya te escuché mocosa!, gritó alguien desde el interior de la casa; sacó luego de uno de sus bolsillos una vieja llave de cobre que no se sabe de dónde ni quien se la dio y abrió con ella la puerta de una habitación contigua; allí tenía algunas de sus cosas personales, como el viejo computador que había heredado de su hermano quien ahora estaba estudiando en otra ciudad de Francia. De pronto, se escuchó un estruendo en el pasillo que conduce al baño, -¡se entró por la ventana!…- murmuró. En efecto, allí estaba esa tenebrosa sombra proyectada sobre el piso debido a la intensa luz que atravesaba las dos ventanas; un gruñido bestial invadió el lugar al unísono con el grito de pavor de la joven, entre tanto, por la otra ventana saltaba un hombre vestido con ropa camuflada. Era su vecino el leñador, quien ágilmente disparó un dardo tranquilizante contra el atacante. Mientras el lobo se desplomaba sobre el piso, el hombre exclamó:-¡Es la segunda y última vez que me haces esto Caperucita Roja…¡

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